Caballo de Troya 1: Jerusalén: El comienzo de la aventura....


Washington

Mi reloj señalaba las tres de la tarde. Faltaban dos horas para que el Cementerio Nacional de Arlington cerrara sus puertas. Yo había consumido la casi totalidad de aquel lunes,  12 de octubre, frente a las tres tumbas de los soldados desconocidos y a la minúscula y perpetua llama anaranjada que da vida al rústico enlozado gris bajo el que reposan los restos del presidente John Fitzgeral Kennedy. 
Por enésima vez escruté el macizo sarcófago de mármol blanco que se levanta en la cara este del Anfiteatro Conmemorativoy que constituye el monumento inicial y más destacado de la Tumba del Solddado Desconocido. En la cara oeste han sido esculpidas tres figuras que simbolizan la Victoria, alcanzando la Paz a través del Valor. Pero aquel panel no parecía guardar relación con mi clave...
Lentamente, como un turista más, bordeé el cordón que cierra la reducida explanada rectangular y fui a sentarme frente a la cara posterior de la tumba central, en las escalinatas de un pequeño anfiteatro. Exhausto repasé cuanto había anotado. Frente a mí, a cinco metros de las tumbas, un soldado de infantería del Primer Batallón de la Vieja Guardia, con sede en Fort Myer, paseaba arriba y abajo, fusil al hombro, luciendo el oscuro uniforme de gala. 
Aunque la cadena se seguridad me separaba unos diez metros de esta parte de la tumba, la leyenda grabada en el mármol podía leerse con comodidad: "Aquí reposa gloriosamente un soldado de los Estados Unidos que solo Dios conoce."
"¿Estará allí la clave?", me pregunté con nerviosismo. 
El solitario centinela, enjuto y frío como la bayoneta que remataba su brillante mosquetón, se había detenido. Tras una breve pausa giró, cambiando el arma de hombro. Segundos después volvía sobre sus pasos, deteniéndose frente a la tumba. Allí repitió el cambio de posición de su fusil, y girando de nuevo, reinició su solemne desfile. 
Mi amio el mayor norteamericano sí hacía referencia al soldado que monta guardia día y noche en el cementerio de los héroes, en Washington. 
"El centinela que vela ante la tumba te revelará el ritual de Arlington"rezaba la primera frase de su postrera carta...

México D.F

Pero justo será que antes de proseguir con esta nueva aventura, cuente cuándo y en qué circunstanciasconocí al mayor y como me vi envuelto en una de las investigaciones más extrañas y fascinantes de cuántas he emprendido. 
En el mes de abril de 1980, y por otros asuntos que no vienen al caso, me encontraba en México (Distrinto Federal). Hacia escasos meses que había escrito mi primer libro sobre los descubrimientos de los científicos de la NASA sobre la Sábana Santa de Turín y recuerdo que en una de mis intervenciones en la televisión azteca -concretamente en el prestigioso y popular programa informativo de Jacobo Zabludowsky-, yo había comentado algunos pormenores sobre las aterradoras torturas a que había sido sometido Jesús de Nazaret. Ante mi sorpresa y la del equipo de Televisa, esa noche se registró un torrente de llamadas desde los puntos más dispares de la República, e incluso desde Miami y California. 
Al regresar a mi hotel, la operadora del Presidente Chapultepec me dio paso a una llamada que no olvidaré jamás. 
-El señor J.J. Benitez?
-Sí, dígame....
-¿Es usted J.J. Benitez?
-Sí, soy yo..¿quién habla?
-Le he visto en el programa del señor Zabludowsky y me sentiría muy honrado si pudiera conversar con usted. 
-Bueno, usted dirá- respondí casi mecánicamente, al tiempo que me dejaba caer sobre la cama. En aquellos primeros instantes confundí a mi comunicante con el típico curioso. Y me dispuse a liquidar la conversación a la primera oportunidad. 
-Como habrá adivinado por mi acento, soy extranjero....Sinceramente, al escucharle, me ha impresionado su interés por Cristo. 
-Disculpe- le interrumpí tratando de saber a que atenerme- ¿cómo me ha dicho que se llama?
-No, no le he dicho mi nombre. Y si usted me lo permite, dada mi condición de antiguo piloto de las fuerzas aéreas norteamericanas, preferiría no dárselo por teléfono. 
Aquello me puso en guardia. Me incorporé e intenté ordenar mis ideas. 
-No sé cual es su plan de trabajo en México- continuó en un tono sumamente afable- pero quizá pueda ser de gran interés para usted que nos veamos. ¿qué le parece?
-No sé- dudé-, ¿dónde se encuentra usted?
-Le llamo desde el estado de Tabasco. ¿Tiene previsto algún viaje a esta zona?
-Francamente no, pero....
Una vez más me dejé llevar por la intuición. ¿Un antiguo piloto de la USAF? Podría ser interesante...La experiencia como investigador me ha ido enseñando a aceptar el riesgo. ¿Qué podía perder con aquella entrevista?
-¿Puede usted adelantarme algo? insinué, sin reprimir la curiosidad. 
-No...Créame. No puedo por teléfono...Es más: no deseo engañarle y le adelanto ya que en esa primera conversación, si es que llega a celebrarse, probablemente no saque usted demasiadas conclusiones. Sin embargo, insisto en que nos veamos....
-Está bien- corté con cierta brusquedad- Acepto. ¿dónde y cuándo nos vemos? 
-¿Puede usted desplazarse hasta Villahermosa? Yo estaré aquí hasta el sábado. ¿Conoce usted la ciudad? ´
-Sí, por supuesto- respondí algo contrariado. Si la memoria no me fallaba, en julio de 1977, Raquel y yo habíamos visitado la zona arqueológica de Palenque, en el estado de Chiapas y las colosales cabezas olmecas de Villahermosa. Pero yo me encontraba ahora en el Distrito Federal, a mil kilómetros de la tórrida región tabasqueña. 
-¿Le parece bien, el viernes , día 18?
-Un momento. Permítame que vea mi agenda....
La verdad era que yo sabía de antemano que no existía compromiso alguno para dicho viernes. Pero el hecho de tener que viajar hasta Tabasco, sin garantías ni referencias sobre la persona con la que pretendía entrevistarme, me había irritado. Y buqué afanosamente alguna excusa que me apeara de tan descabellado viaje. Fueron segundos tensos. Por un lado, el instinto periodístico tiraba e mí hacia Villahermosa. Por otro, el sentido común había empezado a zancadillear mi frágil entusiasmo. Por fortuna para mí, el primero se impuso y acepté: 
-Muy bien. Creo que hay un vuelo que sale desde México a primera hora de la mañana. ¿Dónde puedo verle?
-¿Conoce usted el Parque de la Venta?
El hombre debió percibir mis dudas y añadió:
-El de las cabezas olmecas. 
-Sí, lo conozco. 
-Le estaré esperando junto al Gran Altar...
-Pero ¿cómo voy a reconocerle?
-No se preocupe. Lo más probable -concluyó- es que yo le reconozca primero.
-Está bien. De todas formas llevaré un libro en las manos...
-Como guste.
-Entonces..,hasta el viernes
-Correto. Muchas gracias por atender mi llamada. 
-Ha sido un placer -mentí-. Buenas noches. 
Al colgar el auricular me vi asaltado por un enjambre de dudas. ¿Por qué había aceptado tan rápidamente? ¿Qué seguridad tenía de que aquel supuesto extranjero fuera un piloto retirado de la USAF? ¿Y si todo hubiera sido una broma?
Al mismo tiempo, algo me decía que debía acudir a Villahermosa. El tono de voz de aquel hombre me hacía intuir de que estaba ante una persona sincera. Pero ¿qué quería comunicarme?
Pensé, naturalmente, en esa enigmática información. "lo más lógico -me decía a mi mismo mientras trataba inútilmente de conciliar el sueño- es que se trate de algún caso ovni protagonizados por los militares  norteamericanos. ¿O no?
"¿Por que citó mi interés por Cristo? ¿Qué tenía que ver un veterano militar con este asunto?" 
A decir verdad, cuánto más removía el suceso, más espeso e irritante se me antojaba. Así que opté por la única solución práctica: olvidarme hasta el viernes 18 de abril. 










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